Padrastro con verga gigante se la mete a hijastra
La pobre de la hijastra no podía quitarle los ojos de encima a esa verga monstruosa que su padrastro llevaba siempre colgando floja bajo los pantalones ajustados, pero nunca se imaginó que terminaría empalada con ella hasta el fondo. Todo empezó cuando él entró al baño sin avisar y la encontró enjabonándose las tetas frente al espejo, el agua escurriendo por su cuerpo joven y mojado, la piel erizada de puro nerviosismo. Él no pudo resistirse y, sin mediar palabra, le agarró el pelo con fuerza mientras le apretaba el culo prieto contra su entrepierna, sintiendo cómo su coño virgen ya se humedecía solo de imaginarse lo que venía. Ella gimió de sorpresa cuando notó esa verga gruesa y venosa rozándole el muslo, caliente como una plancha, y al primer empujón ya estaba gritando con los ojos desorbitados mientras él la embestía contra la pared, la polla abriéndole el coño sin piedad. Cada embestida le sacudía el vientre, su aire salía en jadeos cortos y desesperados mientras él le mordisqueaba el cuello y le susurraba guarradas al oído, llamándola puta sucia por excitarse tanto con ese palo de carne que le reventaba por dentro. Ella intentó resistirse al principio, pero cuando él le metió dos dedos en la boca para que se los chupara como a una perra en celo, ya no hubo vuelta atrás: se dejó llevar por el placer prohibido y empezó a balancearse contra él, empalándose más rápido cada vez que él le azotaba las nalgas con un *¡plaf!* que resonaba en el baño. La verga entraba y salía con un sonido húmedo y obsceno, el coño de la pobre cría chorreando como una fuente, los muslos cubiertos de su propio flujo mientras él no paraba de gruñir y maldecir entre dientes, pegándole el torso contra los azulejos fríos para clavársela hasta el fondo. Cuando ella sintió esa verga dura como un tronco golpeándole el útero, se corrió con un espasmo brutal, gritando como una loca mientras su leche caliente le resbalaba por los muslos internos, pero él no terminó ahí: la giró como un trapo, le levantó una pierna y se la clavó por detrás en el culo bien prieto, abriéndoselo sin piedad hasta que ella no pudo más que aullar como una perra en celo. El final llegó cuando él le agarró las tetas por detrás y, con un gruñido animal, se descargó dentro de ella hasta dejarla llena, el semen escurriéndosele por las piernas mientras ambos caían al suelo, exhaustos y sudorosos, sabiendo que esa follada cambiaría sus vidas para siempre.