Osos musculosos se empalman en la consulta médica caliente
El consultorio olía a sudor y a loción barata de esos que usan en los gimnasios cutres, pero nadie le hacía caso a eso cuando la puerta se cerró de golpe y el oso más grande del lugar empujó al médico contra la camilla con un gruñido. La bata blanca del tipo voló por los aires mientras él intentaba balbucear algo, pero solo salió un gemido ahogado cuando aquella polla enorme, gruesa como un brazo y brillante de sudor, se frotó contra su muslo. El oso no perdió tiempo: le arrancó los pantalones del uniforme al doctor con un tirón seco, dejando su culo prieto y mojado de vergüenza al descubierto, mientras con la otra mano le agarraba la nuca para acercar su boca a la punta morada y brillante de su verga. El médico, que hasta hacía cinco minutos pensaba que su mayor problema era un paciente con gripe, abrió los labios como si fueran dos pétalos mojados y se tragó hasta la mitad de aquella bestia sin pensarlo dos veces, sintiendo cómo las venas palpitaban contra su lengua al ritmo de los gruñidos guturales del oso. Pero eso era solo el principio: en menos de un minuto, el oso lo volteó boca abajo sobre la camilla, le escupió en el culo y le clavó la polla sin piedad mientras el doctor chillaba como una puta en celo, con las uñas arañando el cuero de la mesa. Entre gemidos y empellones brutales, el oso le agarró las caderas y lo empujó contra la pared, obligándolo a agacharse para que su culo quedara en pompa mientras le metía los dedos en la boca para que chupara mientras le reventaba el coño con embestidas que hacían temblar hasta los diplomas colgados en la pared. El médico ya no sabía ni su nombre, solo que su garganta ardía por las embestidas profundas que le llegaban hasta la garganta cada vez que el oso lo empalaba desde atrás, mientras con la mano libre le masajeaba los huevos hinchados y llenos de leche que amenazaban con reventar en cualquier momento. No tardó mucho: después de un último empujón que lo dejó sin aire, el oso se corrió dentro de él con un rugido que se mezcló con los gritos del médico, que se derrumbó sobre la camilla con las piernas temblorosas y el coño lleno hasta rebosar, mientras el oso, aún jadeante, le mordía el hombro con los dientes y le susurraba al oído que todavía no había terminado con él… porque afuera esperaba otro paciente, y este oso no era de los que se conforman con uno solo.