Mami francesa adicta a pollas gruesas y bien duras
Desde el primer día que la vio entrar en el vestuario del gimnasio con ese body ajustado y esas medias que se le marcaban en el culo prieto, supo que no iba a parar hasta probarla. La francesa no era una cualquiera, llevaba años follando con todo bicho viviente y su coño siempre estaba empapado, pero con él era distinto, algo más animal. Le encantaba que le agarrara el pelo mientras le metía la verga hasta la garganta, sintiendo cómo se le ahogaba con cada embestida sin piedad. Esa noche, en el hotelucho de mala muerte que alquilaban por horas, ella se quitó las bragas de encaje negro y se tumbó boca abajo en la cama, con el culo en pompa y los labios separados para que él viera cómo goteaba de excitación. Él no se hizo de rogar, se bajó los pantalones y sacó la verga gruesa y morada que ya le temblaba de ganas, se la restregó por el coño mojado antes de clavársela de una sola vez hasta el fondo, arrancándole un aullido que resonó en las paredes del cuarto sucio. Ella apretó el culo contra su pelvis, pidiendo más sin decir ni una palabra, mientras él le agarraba las tetas duras y le mordisqueaba el cuello sudoroso. Los gemidos se mezclaban con los golpes de carne contra carne, el sonido húmedo de sus cuerpos enlazados y el aroma a sexo y perfume barato que inundaba el ambiente. Cuando él notó que ella empezaba a contraerse alrededor de su verga, aceleró el ritmo hasta que los dos se corrieron a la vez, ella con un chorro caliente de leche por la garganta y él escupiendo chorros gruesos sobre su espalda blanca, dejando marcas pegajosas que resbalaban por su piel bronceada. Después, exhaustos y con las respiraciones entrecortadas, se quedaron tirados en la cama, ella con las piernas temblorosas y él aún duro como una roca, listo para empezar de nuevo si ella se lo pedía. Porque esa francesa no era solo una puta adicta a las pollas, era una máquina de follar que no se saciaba ni con dos docenas de orgasmos seguidos.