Madrastra culona se empotra con su hijastro en casa
La madastra llevaba días con el culo apretadito contra la puerta de su habitación, dejando que la falda ajustada le marcara cada curva mientras el joven se duchaba al otro lado. Esa mañana no pudo resistirse más: al verlo salir del baño con la toalla alrededor de la cintura y el pelo aún mojado, soltó el café que estaba sirviendo y se le lanzó encima como una perra en celo. Le arrancó la toalla de un tirón y se le colgó del cuello, apretando esos redondos melones contra su pecho mientras le susurraba al oído que llevaba semanas soñando con sentirlo dentro. Él, que solo tenía dieciocho pero la polla más dura que un poste, no necesitó que se lo pidiera dos veces: la empujó contra la pared del pasillo y le levantó el vestido hasta la cintura, dejando al descubierto unas bragas negras empapadas que se le pegaban al coño como si estuvieran pintadas. Con un gemido ronco, le bajó la ropa interior de un tirón y le metió los dedos para comprobar lo que ya sabía: estaba más que lista para él. Ella, con las piernas temblorosas y el culo temblando de anticipación, le agarró la verga con fuerza y se la metió de una sola estocada, haciendo que ambos gritaran al unísono al sentir cómo la llenaba hasta el fondo. No hubo preliminares ni juegos: solo una follada salvaje, donde él la empotraba contra la pared con embestidas brutales que hacían que el culo le botara como un flan, mientras ella le arañaba la espalda y le suplicaba que no se corriera todavía. La madastra, con las tetas rebotando contra su pecho y el coño chorreando, le ordenó que le llenara el útero sin protección, gritando que quería sentirlo correrse dentro mientras le agarraba las nalgas para atraerlo más adentro. Cuando finalmente el joven eyaculó dentro de ella con un rugido animal, el semen le resbaló por las piernas mientras los dos se quedaban jadeantes, exhaustos y con el cuerpo todavía vibrando del orgasmo más intenso que habían tenido en meses.