Madrastra chupa a hijastro hasta vaciarle los huevos
Desde que su hijastro volvió con las pesas y el sudor pegado al cuerpo, ella no pudo resistirse ni un segundo más. Cada vez que lo veía pasar con esa polla dura marcándose bajo el short, su coño se le ponía más mojado que un día de lluvia. La primera vez que lo tuvo enfrente, con el torso brillante y los abdominales marcados, no pudo evitar morderse el labio y susurrarle al oído: 'Si quieres que te chupe como a tu novia, primero tienes que ganártelo'. Él, con la respiración acelerada y los ojos vidriosos de lujuria, no necesitó más incentivo: se quitó el short de un tirón y dejó al aire esa verga gruesa y palpitante que lo delataba cada mañana. Ella se arrodilló sin dudar, con los pechos temblorosos por el deseo, y le agarró la polla con las dos manos mientras le lamía el glande con la lengua, saboreando el pre-semen que ya asomaba. Mientras le masajeaba los huevos con los dedos, notó cómo se le endurecían aún más al sentir su boca caliente envolviéndolo por completo, tragándose cada centímetro hasta que su nariz rozaba sus pelotas. Los gemidos masculinos llenaron la sala de pesas, mezclados con los sonidos húmedos de su garganta chupando sin piedad, mientras él le agarraba la cabeza para empotrarle más adentro. Cuando ya no pudo aguantar más, la empujó contra la colchoneta del gimnasio y la penetró de una sola embestida, arrancándole un grito de placer que resonó en las paredes mientras su coño se abría como una flor para recibir cada golpe de cadera. Pero ella tenía otros planes: lo sacó justo cuando sintió que iba a correrse, lo tiró boca arriba y se sentó encima con un gemido ronco, sintiendo cómo esa verga brutal le llenaba el coño hasta el fondo mientras le apretaba los pezones con desesperación. Los ruidos de carne contra carne y los jadeos entrecortados los llevaron al límite, y cuando él por fin se corrió dentro, ella no se movió, dejando que cada gota de leche espesa le bañara las paredes internas mientras su cuerpo se estremecía de placer. La madastra sonrió con satisfacción al ver cómo su hijastro caía rendido, con la polla aún goteando y los ojos perdidos en el éxtasis, mientras ella se limpiaba los labios y susurraba: 'Ahora sí que tienes la cabeza en el juego'.