La hijastra se corre empalada por el culo duro
Desde que la vio con esos leggings ajustados que le marcaban el culo prieto, el padrasto no podía quitarle los ojos de encima ni un segundo. La primera vez que la tuvo cerca, con el perfume a vainilla que le subía por la nariz, no pudo evitar rozarle el muslo y sentir cómo ella se ponía tensa pero no se apartaba. La chica, con esos labios carnosos y esa mirada desafiante, lo miró fijamente mientras se humedecía los labios sin decir ni una palabra, como si supiera que él ya había decidido que iba a follarle ese culito apretado hasta dejarla sin aliento. Cuando él le agarró la cintura con fuerza y la obligó a arquear la espalda en cuatro patas sobre la cama, ella gimió con un sonido gutural que le salió del fondo de la garganta, sintiendo cómo su coño se mojaba al instante ante la sola idea de recibir esa verga gruesa y caliente en el culo. Él escupió en sus dedos y se los pasó por el agujero, masajeando el esfínter con saliva espesa mientras le susurraba al oído que se callara, que disfrutara porque iba a empotrarla como una puta bien necesitada. Ella jadeó cuando sintió la cabeza de su polla empujando contra su entrada, pero en vez de resistirse, apretó los puños en las sábanas y separó más las piernas, ofreciéndose como una perra en celo. La primera embestida fue brutal, profunda, hasta que ella sintió que le quemaba por dentro pero también que algo dentro de su cuerpo se derretía de puro placer, con cada golpe de cadera haciendo que la carne de sus nalgas temblaran y sonaran como un castigo bien merecido. Él le agarró el pelo y la obligó a mirar hacia atrás mientras le metía hasta las bolas, sintiendo cómo su culo se ensanchaba alrededor de su verga mientras ella gritaba con cada embestida, con los jugos del coño resbalando por sus muslos y mojando las sábanas. Cuando él le dio la vuelta y se la llevó al sillón, sentada a horcajadas sobre su regazo con la polla clavada hasta la empuñadura, ella se corrió por primera vez con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo, apretando los dientes y mordiendo su hombro para no gritar como una loca. Pero él no se detuvo ahí, sino que la siguió empotrando con fuerza, haciendo que sus tetas rebotaran sin control mientras el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación. La tercera corrida llegó cuando ella, exhausta y con la garganta seca de tanto gemir, apenas podía aguantar el ritmo pero no quería que terminara, así que se aferró a sus hombros y se dejó llevar hasta que él le llenó el culo de leche caliente mientras ella se corría por segunda vez, con las piernas temblorosas y el cuerpo cubierto de sudor y saliva. Al final, cuando ambos quedaron tirados en el suelo, jadeando y con los cuerpos pegajosos, ella no pudo evitar reírse con una mezcla de vergüenza y satisfacción, mientras él le limpiaba el culo con la lengua antes de volver a dejarla sin fuerzas sobre la alfombra.