La esposa caliente le dio una mamada de infarto a su mejor amigo
Esa tarde, mientras mi marido salía a trabajar, yo ya tenía planeado recibiendo a mi amigo más cercano, ese cabrón que siempre me hace gemir como una perra en celo. Me puse en la sala, con las piernas bien abiertas, mi coño ya húmedo solo de pensar en la polla enorme que me iba a meter hasta el cuello del útero. Cuando llegó, ni siquiera saludó, solo me ordenó que me arrodillara y abriera la boca, así que obedecí como la puta sumisa que soy. Su verga gruesa me llenó la garganta, y yo la chupaba con desesperación, sintiendo cómo cada embestida me hacía lagrimear. Él me agarró del pelo y me obligó a mirarlo, humillándome mientras me follaba la boca como si fuera su juguete. Me gustaba que me tratara así, que me recordara que no valgo nada sin su polla. Al final, me corrió toda en la lengua, y yo me tragué hasta la última gota, sabiendo que mi marido nunca me dará lo que él me da. Ahora solo pienso en cuándo me volverá a usar así.