Esposa caliente chupa polla gigante hasta correrse
La vecina del quinto llevaba el ajustado vestido negro que le marcaba cada curva del culo prieto y la espalda ancha, y se relamía los labios con esa sonrisa pícara que solo tenía cuando quería algo... o a alguien. Al abrir la puerta, lo recibió con el tanga empapado pegado al coño y los pezones duros marcándose bajo la tela fina, pero no dijo ni pío, solo lo agarró del cinturón y lo arrastró adentro de su casa como si supiera que él no podría resistirse a ese culazo redondo y ese aliento a menta que le quemaba la oreja. En cuanto la puerta se cerró de un golpe, ella se arrodilló en el suelo frío de la sala, le bajó el pantalón sin miramientos y se lo tragó entero hasta que la polla gigante le rozó la campanilla, haciendo que los ojos se le humedecieran de las náuseas pero sin soltar ni un gemido. Él le agarraba el pelo con fuerza mientras ella lo mamaba con movimientos lentos y profundos, lamiendo cada vena gruesa y chupando la cabeza como si fuera un caramelo, hasta que el líquido salado le resbaló por la garganta y ella tragó sin dudar, jadeando entre cada arcada. La esposa, con ese culo espectacular que le temblaba cada vez que se movía, se levantó de golpe y se quitó el vestido en un segundo, dejando al descubierto las tetas grandes y naturales que botaban con cada respiro, el coño depilado y chorreando mientras se frotaba contra el sofá. Él no perdió tiempo: la empujó contra el respaldo, le metió dos dedos de golpe en el coño empapado y le ordenó que se agachara, sintiendo cómo la entrada anal se le relajaba sola al sentir la presión de la polla gorda que le empotraba sin piedad, arrancándole gritos ahogados que resonaban en toda la casa. Las embestidas eran brutales, el sonido de los cuerpos chocando llenaba la sala mientras ella se agarraba a los cojines con uñas clavadas, con la cara roja de placer y el culo rojo también de tanto azote. Él le agarró el pelo otra vez, le echó la cabeza hacia atrás y le escupió en el coño para lubricar mejor antes de darle la vuelta y clavársela hasta el fondo, sintiendo cómo el útero le vibraba con cada empujón, hasta que ella se corrió gritando su nombre con la boca llena de babas y semen, manchando el suelo con chorros espesos que le resbalaban por los muslos. Y cuando él por fin se corrió dentro, ella se dejó caer en el suelo con las piernas temblorosas, la boca aún humedecida y los ojos brillantes de satisfacción, sabiendo que esa noche no iba a olvidarse fácil.