Culo redondo y duro moviéndose sensual al ritmo
La morra se contoneaba como una diosa del porno, esos cachetes redondos rebotando al compás de la música mientras se agachaba a recoger el móvil del suelo. La cámara captó cada detalle: el tanga negro se le hundía entre las nalgas, marcando el surco profundo de un culo que pedía a gritos que le metieran los dedos hasta el fondo. Él no pudo resistirse y se acercó sigilosamente, sintiendo cómo el calor de su piel le quemaba las manos al agarrarle las caderas con fuerza. Entre gemidos ahogados, ella le susurró al oído que le encantaba que le apretaran el culo así, bien duro, para que no se le escapara ni un suspiro. La polla le latía como un tambor dentro del pantalón mientras le metía dos dedos entre las piernas, notando lo empapada que estaba ya su tanga. Con un tirón brusco le arrancó la tela y el coño se le abrió en canal, mostrando los labios hinchados y brillantes de jugos. Ella se arqueó hacia atrás, ofreciéndole el culo como un sacrificio, y él no necesitó más invitación para empezar a embestirla con fuerza desde atrás. Los golpes del choque de piel resonaban en la habitación mientras ella gritaba que le diera más fuerte, que le llenara el culo hasta reventar. Cada embestida le sacudía las tetas, que rebotaban como dos melones maduros, y el sudor se le pegaba al cuerpo en gotas gruesas que le resbalaban por la espalda. Él le agarró del pelo y le obligó a agacharse más, hundiéndole la polla hasta la garganta mientras le metía los dedos en el coño al mismo tiempo. La morra no paraba de gemir, con la voz ronca de tanto gritar, mientras él le corría el culo a chorros, llenándole las entrañas de leche caliente que le goteaba por los muslos. Cuando por fin se dejó caer sobre la cama, exhausta y con las piernas temblorosas, él le lamió el coño hasta dejarla limpia, asegurándose de que no se perdiera ni una gota de su corrida.