La mamacita cachonda se empala con un consolador
La muy perra llevaba días buscando una excusa para lucir ese culo redondo y ese par de tetas que le rebotan como si fueran de silicona. Entre risitas nerviosas y miraditas de reojo, había logrado que su amigo el mirón se corriera de imaginársela con los dedos dentro mientras gemía como una puta en celo. Pero hoy la cosa iba a ser más bestia: con el consolador bien duro en la mano derecha y los ojos brillantes de lujuria, se sentó a horcajadas sobre el sillón del salón sin importarle que las cortinas estuvieran abiertas. Se lo metió hasta el fondo de un tirón, jadeando cuando la cabeza del juguete le rozó el fondo del coño, que ya estaba empapado y palpitante. El cabrón que la observaba desde la ventana no pudo resistirse y se acercó sigilosamente, con la polla dura como una piedra y el aliento acelerado. Ella, lejos de asustarse, le sonrió con malicia mientras se empalaba más rápido, sintiendo cómo el consolador le abría el coño a lo ancho y el tipo se acercaba con la boca abierta, listo para chupársela en cuanto ella se corriera. La primera corrida fue brutal: se arqueó hacia atrás con un grito ahogado, el coño apretando el plástico como si fuera una verga de verdad, mientras los jugos le resbalaban por los muslos. Él no perdió ni un segundo y, antes de que ella pudiera recuperarse, ya le estaba metiendo la polla por la boca, obligándola a tragarle la cabeza con un gemido de sumisión. Entre saliva y corridas, la escena se volvió una orgía salvaje: ella en la postura del perrito, él empotrándola por detrás mientras le agarraba las tetas con fuerza y le mordía el cuello, los dos sudando y gimiendo como animales. Cuando por fin él explotó dentro de su culo, ella se dejó caer contra el sofá, con la boca llena de leche caliente y los muslos cubiertos de su propio jugo y de semen, mientras el consolador seguía clavado en su coño, temblando con cada espasmo. La muy hija de puta ni siquiera se limpió: se quedó ahí, con las piernas abiertas y la sonrisa más sucia que se ha visto jamás, mientras el espectador se masturbaba de nuevo, desesperado por grabarla para siempre con esa mirada de puta satisfecha.