Chico efebo obligado a mamar polla hasta correrse
El pobrecito apenas tuvo tiempo de pestañear cuando lo acorralaron contra el muro del callejón, sus piernitas flaquitas temblando bajo el peso de esos dos armarios que le cortaban la salida. Uno de ellos, con ese tatuaje de serpiente enroscada en el bíceps, le agarró la nuca con fuerza de hierro mientras le escupía en la boca para que se le humedecieran los labios antes de obligarlo a abrir bien, muy bien, como una puta más de la esquina. El otro, con esa polla gruesa y morada que le colgaba pesada entre las piernas, se la sacudió un par de veces delante de la carita asustada del chaval mientras le susurraba al oído lo rico que le iba a saber su leche espesa. El efebo, con ese cuerpo esquelético pero con curvas de infarto en los lugares justos, tragó saliva y sintió cómo le ardía la cara al notar el sabor metálico del pre que ya le goteaba por la comisura de los labios. Le obligaron a arrodillarse sobre el cemento frío, las rodillas le dolían pero no tanto como el nudo en el estómago al ver cómo ese macho dominante le agarraba la cabeza con ambas manos y le empotraba la verga hasta la garganta sin piedad. Los gemidos ahogados del chico se mezclaban con los gruñidos bestiales de quien lo dominaba, mientras el otro tipo se masturbaba sin perder detalle, grabando cada arcada, cada lágrima que le resbalaba por las mejillas pálidas. Le ordenaron que lamiera la punta como si fuera un caramelo, que chupara fuerte los huevos colgantes hasta que se le puso la cara morada de tanto esfuerzo, que tragara hasta que le doliera la nuez. Y cuando ya no pudo más, cuando sintió esa primera salpicadura caliente golpearle la lengua y el paladar, soltó un gemido lastimero mientras tragaba con desesperación cada gota espesa que le llenaba la boca, sin dejar ni una gotita, como si su vida dependiera de limpiar esa polla de arriba abajo. El efebo se quedó ahí, jadeando, con los labios brillantes de babas y semen, mientras los dos tipos se reían y se daban palmadas en la espalda como si acabaran de ganar la lotería. Pero él solo podía pensar en lo sucio que se sentía, en lo mucho que le había gustado, en lo mojada que tenía la entrepierna a pesar de que le habían exigido que fuera sumiso y no disfrutara.