Cabrón cabalgando su verga hasta que se corra
Llevaba días con la cabeza llena de imágenes sucias de cómo sería sentir esa polla gruesa estirando su coño mientras le susurraban al oído lo que le iban a hacer cuando se quedaran solos. No pudo resistirse cuando él le agarró el pelo y le ordenó sentarse encima de su verga sin piedad, con los muslos temblorosos y el coño ya chorreando por la anticipación de que le iban a reventar por dentro. Al principio le costó acomodar ese pedazo de carne palpitante entre sus labios hinchados, pero al sentir la cabeza gruesa abriéndole el agujero se le escapó un gemido ronco que le vibró en la garganta mientras se dejaba caer hasta que las pelotas le besaron el culo. Él le apretó las tetas con fuerza, pellizcándole los pezones hasta que se le pusieron duros como piedras, mientras ella movía las caderas en círculos lentos para que la verga le rozara cada rincón sensible, haciendo que los jugos le resbalaran por los muslos en un reguero baboso que le dejaba las nalgas pegajosas y resbaladizas. El coche olía a sexo y a sudor, con el volante manchado de sus propias gotas de placer que caían sin control cada vez que él la embestía desde abajo levantándola casi por completo y dejándola caer con un golpe sordo que le sacudía el útero hasta hacerla gritar como una puta en celo. Cuando notó que los testículos le temblaban y supo que se avecinaba la corrida, aceleró el ritmo hasta cabalgarlo como una posesa, con la espalda arqueada y la boca abierta en un aullido de éxtasis que resonó en el cristal empañado mientras la leche caliente le llenaba el coño a chorros, dejándola temblorosa y con las piernas convertidas en gelatina después de ese polvo salvaje que los dejó a los dos exhaustos y con el sabor del semen aún pegado en sus labios.