Mi mujer me compra una muñeca sexual y la usa conmigo
La sala estaba en penumbra, solo la luz tenue de la lámpara de pie iluminaba el cuerpo desnudo de mi esposa, sus tacones altos clavándose en el sofá mientras se montaba sobre la muñeca que le regalé. No podía creer que después de gastar dos mil dólares en ese juguete, ella prefiriera follársela en lugar de a mí. Pero ahí estaba, con su coño mojado deslizándose sobre el plástico, sus gemidos ahogados porque mi marido podría entrar en cualquier momento. Yo me quedé mirando, con mi polla dura como una roca, preguntándome si alguna vez me miraría a mí con esa misma lujuria. Sus tetas rebotaban con cada movimiento, sus pezones duros como guijarros, y podía ver cómo la muñeca se hundía en su culo perfecto, sus nalgas apretadas temblando con cada embestida. Ella se mordía el labio para no gritar, pero sus ojos estaban vidriosos de placer, sus manos agarrando el pelo rojo de la muñeca como si fuera un amante de verdad. Sabía que estaba al borde, que en cualquier segundo se correría, y entonces escuché pasos en el pasillo. Mi corazón se aceleró, pero ella no se detuvo, solo apretó más fuerte, sus muslos temblando mientras se venía con un gemido ahogado. Cuando terminó, se quedó mirando a la muñeca con una sonrisa satisfecha, pensando que nunca en su vida había sentido algo tan perfecto, ni siquiera conmigo.