Madrastra cachonda se monta en mi verga después del trabajo
—'No puedo más, necesito que me rompas el coño ahora mismo'— le dije, tirando de su camisa mientras mi polla ya estaba dura como piedra. Él acababa de llegar del gimnasio, sudado y con esa mirada de depredador que me vuelve loca, pero lo que no esperaba era lo que encontré bajo sus shorts ajustados: una verga negra enorme que me hizo mojarme al instante. Empezó a besarme con fuerza, sus manos grandes apretando mis tetas mientras yo le desabrochaba el pantalón para liberar esa polla monstruosa. Cuando la vi de cerca, casi me corro de solo mirarla: gruesa, venosa y tan larga que me dio miedo pensar cómo iba a caber entera. Pero no me importó, porque mi coño ya estaba chorreando, listo para recibir cada centímetro. Lo empujé contra la pared y me arrodillé, chupando esa verga como si fuera mi última comida, sintiendo cómo su sabor salado me excitaba más. Él gemía fuerte, sus dedos enredados en mi pelo, mientras yo tragaba hasta que la punta golpeó mi garganta. Luego me levanté, me subí a horcajadas sobre él y me empalé de golpe, sintiendo cómo esa polla me partía en dos. Cada embestida era más profunda, más salvaje, hasta que mis gritos llenaron la habitación. Él me agarró del culo, apretando mis nalgas mientras me clavaba más fuerte, y cuando sentí que se venía, me corrí como nunca, el semen caliente llenándome hasta rebosar. Al terminar, su leche blanca goteaba por mis muslos, mezclada con mi flujo, y su verga aún palpitaba dentro de mí. En el suelo, junto a la cama, quedó tirada su camiseta sudada, manchada con mi maquillaje corrido.