Alumna trans en falda chupa verga dura en secreto
Llevaba meses obsesionado con la mirada de esa morena de falda corta y medias blancas que siempre se sentaba en los últimos asientos del auditorio con sus gafas de pasta y su aire de empollona. Hoy, entre clase y clase, la pillé escondida en el baño de profesores con el uniforme arrugado y los labios pintados de rojo sangre, masturbándose con los dedos mientras se imaginaba que alguien la empotraba contra la pared. Le quité las gafas de golpe y le susurré al oído que si no me chupaba la verga dura en ese instante, le iba a arruinar la blusa de una vez por todas. Se le escapó un gemido ahogado cuando le bajé la cremallera del vestido y saqué mi polla gruesa, palpitante y llena de venas que ya goteaba por la punta. La muy puta se arrodilló sin pensarlo, con las medias rotas y el coño empapado asomando entre sus muslos, y empezó a lamerme la cabeza como si fuera un helado derretido. Cada lengüetazo húmedo me ponía más duro, sintiendo cómo su lengua jugaba con el prepucio mientras sus tetas pequeñas se movían al ritmo de su respiración entrecortada. Le agarré la coleta con fuerza y le metí la verga hasta la garganta, ahogándola con mis embestidas brutales que le hacían llorar de placer mientras las gafas se le caían al suelo entre cristales rotos. La levanté de un tirón, le subí la falda hasta la cintura y la doblé sobre el lavabo, arrancándole las bragas de encaje negro que ya estaban empapadas. Con las medias blancas manchadas de lápiz de labios y el culo redondo y tembloroso, empecé a clavarle la polla sin piedad, sintiendo cómo su ano virgen se resistía pero se abría como una flor al calor de mis embestidas. Gritaba como una posesa, mezclando improperios con suspiros, mientras sus uñas arañaban el mármol del lavabo y su coño goteaba jugos por toda la cerámica. Cuando por fin me corrí dentro de su culo estrecho, le llené el agujero de leche espesa mientras ella seguía gimiendo, con las piernas temblorosas y el uniforme destrozado pegado a su piel sudorosa. La dejé tirada en el suelo, con la boca roja de tanto mamar y el culo enrojecido por los golpes, mientras me abrochaba el pantalón y me iba sin mirar atrás, sabiendo que volvería a buscarla la próxima vez que la viera mordisqueando el capuchón de su bolígrafo con esa mirada de perra en celo.