Adora a tu diosa trans y arrodíllate cabrón
Ella llegó con ese porte de puta dominante que te deja sin respiración, esos tacones que hacían clack-clack en el suelo y esa mirada que te atravesaba como si supiera todos tus pecados. Tú, el pobre gilipollas, no pudiste evitar bajar la vista cuando te ordenó arrodillarte frente a su coño perfecto y esos culos que podrían hacer llorar a cualquier macho. La muy zorra te agarró de los pelos y te acercó su verga trans tan gruesa que casi se te saltan los ojos al verla brillar con el mismo lubricante que ya le chorreaba por las piernas. Sin pensarlo dos veces, empezó a pasártela por la cara como si fueras su juguete favorito, obligándote a lamerla mientras ella se reía con esa voz de puta que sabe que te tiene en sus manos. Tú, el cornudo miserable, solo atinaste a abrir la boca y tragarte cada centímetro de esa polla monstruosa que te llenaba la garganta hasta el fondo, sintiendo cómo el sabor salado del precaldo te inundaba la lengua. Ella no se conformó con eso y te escupió en la cara antes de empujarte contra la pared, subiéndote el pantalón hasta las rodillas para dejar tu culo al aire. Con un gemido de putón satisfecho, te empaló de un tirón, sus caderas golpeando contra tu carne con un sonido húmedo y obsceno mientras tu ano se abría como una flor para recibirla. Cada embestida era un castigo, un recordatorio de que ella era la diosa y tú solo un pobre esclavo que necesitaba ser humillado, follado y usado hasta que no quedara ni rastro de tu dignidad. Los gritos de placer mezclados con sollozos salían de tu boca mientras ella te azotaba el culo con sus uñas largas, dejándote marcas rojas que supuraban bajo el sudor. No pasó mucho antes de que sintieras ese fuego en las bolas, ese calor que subía por tu espina dorsal y te obligaba a suplicar por más, aunque ella solo se riera y te ordenara aguantar hasta que ella decidiera correrse dentro de tu culo apretado. Cuando al fin la sintió llenarte con su leche espesa, fue como si el mundo se detuviera: tu cuerpo tembló, tu polla virgen se corrió sin que nadie la tocara y el líquido caliente te resbaló por las piernas mientras te desplomabas contra el suelo, exhausto y completamente destruido. Ella se limpió con tu camisa arrugada, se ajustó el tanga roto y se fue dejando atrás el olor a sexo sucio y la promesa de que la próxima vez sería peor.