Rubia codiciosa empalada por pollón de payaso
El muy cabrón se había puesto ese maquillaje blanco y rojo solo para volverla loca, con esa sonrisa pintada de rojo sangre mientras le susurraba al oído lo que le iba a hacerle a su culito prieto y a sus tetas enormes que se le salían del vestido ajustado. Ella, con los labios pintados de negro y los ojos vidriosos de lujuria, no pudo resistirse cuando él le agarró el pelo teñido de rubio y le escupió en la boca diciéndole que se lo tragara todo, que esa noche iba a ser su putita de feria. El payaso, con ese cuerpo de gigante y esa verga gruesa como un brazo, la empujó contra el espejo del camerino del circo donde ensayaban, le bajó el vestido de un tirón y le arrancó el tanga dejando al descubierto un coño tan mojado que brillaba bajo las luces rojas. Él, entre risas de borracho y gruñidos de bestia, le abrió las nalgas con las manos llenas de pintura y le clavó la polla por detrás sin piedad, empalándola hasta que ella soltó un alarido que se mezcló con el sonido de las risas de la multitud fuera del escenario. Cada embestida le sacudía el cuerpo entero, haciéndola gemir como una perra en celo mientras él le mordisqueaba los pezones duros y le escupía en el culo para que la penetración doliera más. Las sábanas de la cama del camerino se empaparon en minutos con el flujo que le brotaba entre las piernas, y él, sin darle tiempo a recuperarse, la giró boca arriba, le levantó las piernas hasta que las rodillas le tocaron el pecho y se la clavó de frente, ahogando sus gritos con un beso asfixiante mientras le llenaba la boca con su lengua gruesa y babosa. El muy cerdo no paraba de burlarse, diciéndole que ninguna rubia había aguantado tanto su verga de payaso, que le iba a reventar el útero a puro embestida. Ella, con los muslos temblorosos y los ojos en blanco, solo atinó a agarrarse a las sábanas mientras él le metía los dedos en la boca para que chupara su propia crema mezclada con saliva, antes de correrse dentro de ella con un rugido que ahogó el rugido de los tigres en la jaula de al lado. Cuando por fin se desplomó sobre su cuerpo sudado, ella quedó hecha un trapo, con el culo lleno hasta el fondo y las piernas llenas de marcas de sus dedos, mientras él se reía y se limpiaba la pintura de la cara con un trapo sucio de maquillaje.